INFANCIA Y REALIDAD
Por: Edgar Marroquín
Estas anécdotas, llenas de humor, que están destinadas a
encender en vuestros ojitos una lucecita de alegría, brillante y fugaz, como
esas chispitas que se escapan alguna vez del fuego, danzan un momento en el
aire y se apagan después” (“El libro de oro de los niños, tomo 6, pág.12)
Cuando el reloj marcaba las 5 ó 6
de la tarde…escuchaba con susto y tristeza, cómo el portón de la casa se abría,
los pasos torpes de alguien que arrastraba su caminar, profería insultos a viva
voz en la calle, la mirada apacible y cariñosa que conocía, se había
transformado de repente, en una mirada salvaje y amenazante.
Un silencio en la casa, ruidos
que me hacían sobresaltar, de nuevo silencios, voces fuertes....las luces se
apagaban en la sala y mi mamá, mis hermanos y yo, corríamos a los cuartos, para
esperar que terminara la agonía de ver con un nudo en nuestra garganta… a mi
papá “tomado”. El alcohol había transformado a mi “héroe” en un ser extraño y
violento. La historia se repitió todos los días por muchos y muchos años
después.
En mi lucha por comprender
aquello, recuerdo que de niño buscaba una manera de lidiar con esa tristeza:
jugaba haciendo oídos sordos a los insultos y gritos del ambiente…y jugaba con
más fuerza, encerrado en el cuarto; pero también los libros fueron mis amigos y
confidentes, mudos cómplices de mi dolor y fuente de lecturas de temas que me
transportaban a un mundo de fantasía, que paradójicamente me ayudaban a
afrontar la realidad. De esta manera, leía sobre el juego, fábulas, leyendas, mitología, teatro, poesía, novelas
y anécdotas infantiles.
Y fueron precisamente esas
anécdotas infantiles que me llenaban de luz en medio de las sombras, las que me
enseñaron a reír cuando por dentro lloraba, recuerdo con especial cariño la
colección “El libro de oro de los niños” donde aprendí que las ocurrencias infantiles
eran un bálsamo que calmaban mis heridas.
Curiosamente, fue mi papá quien
nos inundó de libros de este tipo, ya que él sigue siendo un amante de la lectura,
especialmente de la literatura clásica y contemporánea europea y recientemente,
ávido lector de exponentes latinoamericanos. Aún lo amo, amo a mi “héroe” de
cabello blanco, lento caminar, pero con un corazón grande e intelecto
insuperable.
Traté de vivir una infancia feliz
y reconozco que a pesar de su enfermedad, mi papá y también mi “heroína” mamá
se esmeraron en llenarnos de abundantes recuerdos alegres y significativos. Compartí
con mis amigos de primaria, momentos mágicos de amistad y fantasía. Ser niños y
no querer crecer. Aventurarse a amar y creer en un futuro mejor.
Pero la realidad hoy en día,
pareciese ser otra para miles y miles de niños y niñas que ven con rostros de
dolor y sufrimiento, que son víctimas de la intolerancia, del odio y de la violencia,
en su mayoría, provenientes de su propio hogar. No hay libros infantiles que
calmen su agonía y nuestra niñez corre desesperada a esconderse o a desahogar
sus tristezas en redes sociales, computadoras, televisores. Pero también en los
ambientes precarios del interior, en chozas de láminas y pisos de tierra; en
medio de la hambruna y el olvido estatal y social. Lloran de tristeza y de
rabia, porque no comprenden como su papá, su tío o su hermano abusan
sexualmente de la hija, la hermanita o la sobrina.
Nuestros niñ@s quizá desconozcan
que el Observatorio en Salud Reproductiva (OSAR) y Plan Internacional informan
que sólo en el primer semestre el año 2012 se registraron 16 mil 339 partos
entre adolescentes comprendidos de 10 a 19 años. De ellos, 1 mil 101 ocurrieron
entre niñas de 10 a 14 años. Muchos de ellos, claro está, derivados de abusos
sexuales que quedan en la impunidad.
Hoy, mientras atiendo a un grupo
de niños de sexto grado primaria, en un momento de reflexión en su “retiro”,
escucho cómo se desahogan y relatan sus anécdotas infantiles, pero también esa
“realidad” que les golpea. Veo que ocho
manitas se levantan cuando pregunto si en su hogar está presente la enfermedad
del alcoholismo.
Sus rostros se entristecen y se llenan de lágrimas cuando
hablan y cuentan con dolor desgarrador, cómo no entienden la separación de sus
padres, las ofensas, los golpes o insultos que encuentran en sus hogares. Y los
entiendo tan bien…tan perfectamente bien, que me resulta inevitable de repente,
recordar alguna imagen de mi infancia y adolescencia.
Escucho con atención cómo Sofía
(nombre ficticio) comparte que no conocía a su papá y que cuando lo conoció a
los 11 años de edad, lo encontró “borracho” y su ilusión se transformó en
pesadilla. Relata que además su madre la abandonó y a sus dos hermanitos para
vivir con otra persona, dejándolos al cuidado de su abuelita. Se pone triste al
contar que perdió 6 clases este bimestre. Como si no tuviera ya suficiente
dolor, admiro su fuerza para además intentar estudiar y superarse. La escucho
al final: “Confío en que Dios me ayudará a salir adelante”.
¿Qué futuro estamos dejando a
nuestros niños? Es la pregunta obligada, y en un sentido más personal ¿Qué hago
yo o qué haces tú? quien lees éste artículo, por cambiar esa realidad dolorosa,
en una infancia más integral, llena de salud, de paz, de juego, de estudio, de
amistad, que se superpongan a la discriminación y racismo, el hambre, la violencia
en todas sus formas, entre otros lastres que arrastre nuestra niñez.
Ojalá las risas no cesen, el
juego no pare, y esas anécdotas infantiles no terminen, porque serán el símbolo
de que nuestros niños y niñas aún puedan en la realidad, crear mundos de
fantasía y sueños, ajenos a la miseria e injusticia que crea el mundo “maduro y
adulto”. Pero sobre todo, que esta realidad la podamos cambiar.
Dice
Laurita:
-Oye mamá, yo quisiera otra muñeca. – ¡Pero si
ya tienes una!
- Eso no
importa, quiero otra… ¡Una nueva!
-¡Pero si la
que tienes está completamente nueva!
¡Ah, estos
“peros” de mamá exasperan a la niña!
- Es cierto, mamá. Sin embargo, yo también estoy nueva y tú
acabas de comprarte otro bebé. (“El libro de oro de los niños, tomo 3, pág.15)


